miércoles, 13 de octubre de 2010

LA PRIMERA DISCUSIÓN

LA PRIMERA DISCUSIÓN 
De Liana Castello



Hace muchos, muchos años, tantos que ya nadie sabe precisar, Dios creó el mundo. En él colocó las maravillas más increíbles: el agua, las montañas, las nubes, las estrellas, el sol y el cielo, entre tantas otras. Dicen que cuando el sol y la luna fueron creados, se conoció la primera discusión. Como ambos brillaban, Dios consideró que sería mejor que cada uno iluminara en momentos diferentes del día. A la luna le asignó la noche  y por ser ésta tan oscura, creó las estrellas para que la ayudasen a iluminar con sus mejores destellos. Las estrellitas estaban felices con su misión, pero no así el sol y la luna. En lugar de agradecer y cumplir con alegría la tarea que Dios les había asignado, empezaron a discutir sobre cuál de los dos era mejor y más importante. – ¡Sin mi no habría día! – Decía el sol presumido. – ¡Sin mi la noche no sería lo mismo! – Contestó la luna. – ¡Eres pálida! – Gritó él. – ¡Y tu pareces una bola de fuego! – Replicó ella. Las estrellas miraban a uno y a otro sin poder creer tan inútil discusión. – Yo iluminaré las noches de los enamorados – Dijo la luna en forma desafiante. – Y yo haré crecer la vegetación con mi luz – contestó el sol. Cansadas ya de tanta pelea, las pequeñas estrellas intentaron que ambos entraran en razón, sin mucho éxito por cierto. – Los dos son hermosos y por igual importantes. Dios no crea seres feos o inútiles. Todos tenemos una misión que cumplir en este mundo, cada uno la suya y ninguna por encima de la otra – Les dijo una de las estrellitas, mientras le guiñaba el ojo a todo el resto. Dicen que cuando las estrellas titilan, es que le están guiñando un ojo a otra. Ni el sol, ni la luna depusieron actitudes. Uno creía que era más importante que el otro y ninguno estaba dispuesto a ceder. Sin saber cómo terminar con tan tonta pelea, las estrellitas se juntaron en grupos a pensar una posible solución. Parece ser que, de esa manera, se formaron las primeras constelaciones. – ¡Tengo la solución! – Gritó el lucero – ¡Llamaremos a las nubes! – No entiendo en qué nos podrían ayudar – Contestó otra estrellita. –  Ya verás – Dijo el lucero, quien aún brillando mucho más que todas las demás, no hacía alarde del don que había recibido. Y partió a encontrarse con las nubes. Para su sorpresa, vio que todas estaban muy tristes. – ¿Por qué esas caritas? – Preguntó preocupado. – No  tenemos  claro  para  qué hemos   sido creadas – Contestó la nube más gordita de todas – No damos luz, ni calor, tampoco brillamos. – Estamos todas desparramadas – Agregó otra muy pomposa, pero desanimada – Unas por aquí, otras por allá. – Ese es el problema – Dijo el lucerito – Que están todas desparramadas. Si se unen y se quedan muy, pero muy juntas, producirán lluvia y con ella algo indispensable para el planeta. Las obedientes nubes probaron unirse unas con otras y ese fue el primer día que llovió en el mundo. Ya más tranquilas y contentas, las nubecitas preguntaron: – ¿En qué podemos ayudarte? ¿Necesitas que hagamos llover en algún lado? – No precisamente – Contestó la estrella – Las necesito para poner fin a una discusión absurda. Sin entender demasiado, pero dispuestas a ayudar a su nuevo amigo, las nubes emprendieron el viaje hacia donde estaban el sol y la luna. En el camino, el lucerito les contó sobre la discusión que mantenían y también acerca de la idea que él había tenido para que se pusieran de acuerdo de una vez y para siempre. Al acercarse, ya se escuchaban los gritos. – ¡Yo soy el rey sol! – ¡Tu de rey no tienes nada! Mi brillo no se iguala a ningún otro – Dijo la luna. – Sin mi no habría vida – gritó el sol. – Es hora de intervenir – Dijo el lucero a las nubes. Pidió a todas: gordas, delgadas, pomposas, finitas, más claras y más oscuritas, que se pusieran mitad delante del sol y la otra mitad, delante de la luna. Las nubes obedecieron y de pronto, el único brillo que se vio en el cielo fue el de las estrellas Ambos quedaron opacados por las nubes y sin saber qué decir. De pronto, aquel brillo que cada uno de ellos sostenía era el mejor, había desaparecido. Ya no había de qué jactarse. – Ahora falta que se empiecen a pelear a ver quién de los dos brilla menos – Pensó el lucerito. Por suerte, nada de ello ocurrió. Seguían mudos, sin entender cómo de repente, en un abrir y cerrar de ojos, eran iguales el  uno al otro, opacos, sin destellos, ni luz. – ¿Han visto que no había de qué presumir? – Preguntó triunfante el lucerito y continuó: – Si las nubes se lo proponen, los opacan por completo. Eso les demuestra que todos tenemos una razón de ser y un por qué, no hay uno más importante que el otro. Todos y cada uno de nosotros, tenemos una misión que cumplir en esta tierra y un lugar que ocupar. Dicen que, detrás de las nubes, el sol se puso más rojo de vergüenza y la luna empalideció por la actitud que había tenido. Ambos entendieron lo que el lucerito les había querido demostrar y cada uno fue a ocupar su lugar, en paz y sin molestar al otro. Las nubes estaban felices por haber encontrado su misión y haber podido ayudar. El sol y la luna no volvieron a pelear jamás y el lucero, aún hoy, guiña el ojito a todos y cada uno de nosotros  -por cierto- todos iguales de  importantes. Fin

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