De Liana Castello
Hace muchos, muchos años, tantos que ya nadie sabe precisar, Dios creó el mundo. En él colocó las maravillas más increíbles: el agua, las montañas, las nubes, las estrellas, el sol y el cielo, entre tantas otras. Dicen que cuando el sol y la luna fueron creados, se conoció la primera discusión. Como ambos brillaban, Dios consideró que sería mejor que cada uno iluminara en momentos diferentes del día. A la luna le asignó la noche y por ser ésta tan oscura, creó las estrellas para que la ayudasen a iluminar con sus mejores destellos. Las estrellitas estaban felices con su misión, pero no así el sol y la luna. En lugar de agradecer y cumplir con alegría la tarea que Dios les había asignado, empezaron a discutir sobre cuál de los dos era mejor y más importante. – ¡Sin mi no habría día! – Decía el sol presumido. – ¡Sin mi la noche no sería lo mismo! – Contestó la luna. – ¡Eres pálida! – Gritó él. – ¡Y tu pareces una bola de fuego! – Replicó ella. Las estrellas miraban a uno y a otro sin poder creer tan inútil discusión. – Yo iluminaré las noches de los enamorados – Dijo la luna en forma desafiante. – Y yo haré crecer la vegetación con mi luz – contestó el sol. Cansadas ya de tanta pelea, las pequeñas estrellas intentaron que ambos entraran en razón, sin mucho éxito por cierto. – Los dos son hermosos y por igual importantes. Dios no crea seres feos o inútiles. Todos tenemos una misión que cumplir en este mundo, cada uno la suya y ninguna por encima de la otra – Les dijo una de las estrellitas, mientras le guiñaba el ojo a todo el resto. Dicen que cuando las estrellas titilan, es que le están guiñando un ojo a otra. Ni el sol, ni la luna depusieron actitudes. Uno creía que era más importante que el otro y ninguno estaba dispuesto a ceder. Sin saber cómo terminar con tan tonta pelea, las estrellitas se juntaron en grupos a pensar una posible solución. Parece ser que, de esa manera, se formaron las primeras constelaciones. – ¡Tengo la solución! – Gritó el lucero – ¡Llamaremos a las nubes! – No entiendo en qué nos podrían ayudar – Contestó otra estrellita. – Ya verás – Dijo el lucero, quien aún brillando mucho más que todas las demás, no hacía alarde del don que había recibido. Y partió a encontrarse con las nubes. Para su sorpresa, vio que todas estaban muy tristes. – ¿Por qué esas caritas? – Preguntó preocupado. – No tenemos claro para qué hemos sido creadas – Contestó la nube más gordita de todas – No damos luz, ni calor, tampoco brillamos. – Estamos todas desparramadas – Agregó otra muy pomposa, pero desanimada – Unas por aquí, otras por allá. – Ese es el problema – Dijo el lucerito – Que están todas desparramadas. Si se unen y se quedan muy, pero muy juntas, producirán lluvia y con ella algo indispensable para el planeta. Las obedientes nubes probaron unirse unas con otras y ese fue el primer día que llovió en el mundo. Ya más tranquilas y contentas, las nubecitas preguntaron: – ¿En qué podemos ayudarte? ¿Necesitas que hagamos llover en algún lado? – No precisamente – Contestó la estrella – Las necesito para poner fin a una discusión absurda. Sin entender demasiado, pero dispuestas a ayudar a su nuevo amigo, las nubes emprendieron el viaje hacia donde estaban el sol y la luna. En el camino, el lucerito les contó sobre la discusión que mantenían y también acerca de la idea que él había tenido para que se pusieran de acuerdo de una vez y para siempre. Al acercarse, ya se escuchaban los gritos. – ¡Yo soy el rey sol! – ¡Tu de rey no tienes nada! Mi brillo no se iguala a ningún otro – Dijo la luna. – Sin mi no habría vida – gritó el sol. – Es hora de intervenir – Dijo el lucero a las nubes. Pidió a todas: gordas, delgadas, pomposas, finitas, más claras y más oscuritas, que se pusieran mitad delante del sol y la otra mitad, delante de la luna. Las nubes obedecieron y de pronto, el único brillo que se vio en el cielo fue el de las estrellas Ambos quedaron opacados por las nubes y sin saber qué decir. De pronto, aquel brillo que cada uno de ellos sostenía era el mejor, había desaparecido. Ya no había de qué jactarse. – Ahora falta que se empiecen a pelear a ver quién de los dos brilla menos – Pensó el lucerito. Por suerte, nada de ello ocurrió. Seguían mudos, sin entender cómo de repente, en un abrir y cerrar de ojos, eran iguales el uno al otro, opacos, sin destellos, ni luz. – ¿Han visto que no había de qué presumir? – Preguntó triunfante el lucerito y continuó: – Si las nubes se lo proponen, los opacan por completo. Eso les demuestra que todos tenemos una razón de ser y un por qué, no hay uno más importante que el otro. Todos y cada uno de nosotros, tenemos una misión que cumplir en esta tierra y un lugar que ocupar. Dicen que, detrás de las nubes, el sol se puso más rojo de vergüenza y la luna empalideció por la actitud que había tenido. Ambos entendieron lo que el lucerito les había querido demostrar y cada uno fue a ocupar su lugar, en paz y sin molestar al otro. Las nubes estaban felices por haber encontrado su misión y haber podido ayudar. El sol y la luna no volvieron a pelear jamás y el lucero, aún hoy, guiña el ojito a todos y cada uno de nosotros -por cierto- todos iguales de importantes. Fin
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